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El I conde de Altamira lo fue D. Lope Sánchez de Ulloa y Moscoso, por gracia de D. Enrique IV de Castilla (13-III-1455), aunque la Real Cédula de Privilegio no fue otorgada hasta el 4-V-1475. Don Lope era señor de las Casas de Moscoso y de Altamira, pertiguero mayor de la tierra de Santiago. Don Felipe III otorgó la Grandeza de España, en 31-X-1613, al V titular, D. Lope Osorio de Moscoso y Ruiz de Castro, Toledo y Andrade, Trece de la Orden de Santiago, y comendador de los Santos de Maimona, caballerizo mayor de los reyes Don Felipe II y III, mayordomo mayor de la reina Dª Margarita de Austria y encomendaron de Cajamarca, en el Perú . Entró este condado en la familia de Moscoso, por casamiento de D. Pedro Alvarez de Osorio (hijo segundo del Conde de Trastámara) con Dª Urraca de Mendoza, según Berní Catal. Que sepamos, el hijo del Conde de Trastámara, D. Fadrique Enríquez de Castro, que casó con una señora de Mendoza, fue Dª Juana de Castro, quien casó con D. Rodrigo de Moscoso, señor de Folgoso; y ambos esposos fueron, ciertamente, progenitores de los Condes de Altamira . Altamira (en la feligresía de San Félix de Brión, ayuntamiento del mismo nombre, en el partido judicial de Negreira), sobre una elevada eminencia donde todavía descuellan sus ruinas, fue cabeza de este famoso condado, otorgado a una de las más ilustres familias gallegas (V. MOSCOSO). En Santiago de Compostela tuvieron su palacio, circundado de huerta y jardines, donde ahora se yergue la Plaza de Abastos. Todavía recuerda a sus antepasados señores de antaño la Calle del Conde de Altamira, a uno de sus costados. En 1632 el Conde de Altamira fundó y dotó el patronato del convento e iglesia de San Agustín, de Santiago de Compostela, ordenando se le diese sepultura en ella; esa es la razón de hallarse en el claustro (de Jácome Fernández, construido en 1791) los blasones de su familia. Los Condes de Altamira eran además, propietarios en aquella ciudad de las llamadas Casas do Campo, sobre la Plaza de Cervantes, no ha mucho llamada Do Campo y también Do Pan. Mostrándose también insignes patronos e incansables bienhechores de la iglesia de Santo Domingo, en cuya Capilla mayor existen sarcófagos de miembros de esta familia, con sus Armas de Moscoso, de Ulloa y de Andrade. A ellos debe Santiago la hermosa fuente de mármol que antes se hallaba en la Plaza Mercado, y que ahora subsiste en el Paseo de la Herradura. Ostentan estas Armas: Escudo terciado en faja; 1º , en campo de oro dos lobos pasantes, de gules, en palo (que son Osorio); 2º , de plata, con tres palos vibrados de azur; 3º en campo de plata, una cabeza de lobo, de sable, lampasada de gules y desollada (que son Moscoso).

Escudos de Armas del apellido:
Las desconocemos. El escudo, en heráldica, es el soporte físico del blasón, al centro de las armerías. En la panoplia que representa el blasón, el escudo propiamente dicho representa el escudo de los hombres de armas. Las armas son generalmente presentadas sobre un escudo pero otros soportes son posibles: una vestimenta como el tabardo del heraldo, un elemento de arquitectura como un anuncio mural, un objeto doméstico... En este caso, la forma del contorno es aquella del soporte. El escudo se materializa por la forma geométrica y sus divisiones potenciales, o mesa de espera, en la que están representadas las armas. El escudo puede tomar diferentes formas, de acuerdo al origen de su representación.         

Simbología de los escudos de Armas:
Teniendo en cuenta la indumentaria que en la Edad Media vestían los caballeros en la batalla (armadura, celada, etc.), y que los hacía irreconocibles, resultaba necesario buscar un método de identificación y distinción entre los contendientes, que fuera revelador, preciso y rápido a una cierta distancia. De ahí surge la fórmula de exhibir en sus escudos tinturas, emblemas, etc., que los diferenciase de forma inequívoca y singular en el campo de batalla. Por eso la simbología heráldica, en su origen, buscaba formas y colores que fuesen notorios y permitiesen distinguir a sus portadores de un golpe de vista. Tal vez es exagerada la tendencia de algunos autores de dar significado o contenido a todos los emblemas (piezas, muebles, etc.) y esmaltes heráldicos, aun así hay varios tratados que estudian la simbología de los blasones de forma muy exhaustiva, entre ellos: "Ciencia Heroyca", de Don José de Avilés. Año 1725; y "Adarga Catalana", de Don Francisco Xavier de Garma y Duràn. Año 1753.